Siempre fueron las palabras mi mejor descarga. Las palabras escritas, las palabras habladas, las cantadas, inquilinas de una canción. Siempre fueron las palabras. Pero suelen las palabras no servir si no tienen un destino, si no son escuchadas, si no hay nadie que se interese por ellas.
Soy de sufrir en silencio. No porque me sienta así más fuerte, sino porque no deseo hablar de ello, de mis sufrimientos, de mis penas o mis desgracias. Pero me consuela saber que hay alguien a quien le interesan, que desea saberlas. Y tal vez, solo tal vez, con la cantidad de confianza suficiente, me anime a contarlas.
A mí me gusta escribir porque escribiendo las palabras se congelan, queda absolutamente expresado lo que uno ve, lo que uno siente, lo que uno es... Las palabras escritas hablan incluso más allá de lo que uno dice, lo que busca expresar. Hablan de un tiempo, de un espacio, de una cultura, de un pensamiento, hablan hasta de la propia alfabetización. Por eso busco nunca olvidarme de plasmar la fecha en lo que escribo, para que al releerlo, hacer coincidir el tiempo, el espacio, la cultura, el pensamiento y la alfabetización que llevo conmigo en el momento que escribo.Hay gente que cree que escribir es inútil, que los que escriben son bohemios, o aburridos, o solitarios, o tienen demasiado tiempo de ocio; que leer da sueño, que los libros son anacrónicos, irreales, incomprensibles, indeseables... A mí, las lapiceras, las hojas, los libros, las letras, las palabras (que son ese significativo y subjetivo conjunto de letras), una computadora o un celular (o cualquier lugar donde se pueda escribir) me salvaron muchas más veces del borde del abismo que las personas.
(La descoordinación de este texto resulta de fragmentos escritos con un año de diferencia.)
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